El éxito y una brújula estropeada

Hoy es uno de esos días en los que siento que en la escalera hacia el éxito me encuentro en el primer escalón. Y no con esa ilusión y energía del principiante. No. No me parezco nada a los de mi alrededor, con esas caras frescas, cuerpos jóvenes y listos para comerse el mundo. Yo ya debería estar a medio camino, al menos el cansancio de mis piernas y la ansiedad que me acecha así lo perciben. ¿Qué paso con todos los esfuerzos que hice para ir escalando? Las buenas notas del colegio, los años de conservatorio, los libros leídos, los trabajos de la universidad, la graduación de fin de máster… ¿Sirvió para algo? ¿Por qué siento que sigo en el primer peldaño después de tantos años de dedicación? ¿Fue todo en vano? 

Siempre pensé que tenía muy claro lo que el éxito suponía. Quizá fuese difícil obtenerlo, pero mi brújula no fallaba y la dirección estaba clara. Conseguiría ser una persona exitosa si lograra un puesto como Senior Advisor en las Naciones Unidas. También lo habría alcanzado al apogeo del aplauso tras una brillante función de la Fantaisie de Gaubert para flauta en el Auditorio Nacional. Como podréis imaginar, al menos por el momento, no he conseguido ninguna de estas dos cosas. Pero sin ser presuntuosa, creo que me he acercado. Cuento con un buen puesto de directora de asuntos públicos, después de haberme graduado de la Universidad de Navarra con matrícula de honor y con un máster en  King’s College London. Y sigo tocando como primera flauta en una de las principales banda de Madrid, tras obtener el título del conservatorio profesional de música después de muchos años de dedicación. Sin embargo, siento que me he equivocado. No sé si desde que eché a andar o si en alguna encrucijada del camino, pero si he ido dando pasos en la dirección correcta, no puede ser que siga sintiéndome que estoy en la primera parada de bus. 

Confesaré además que, los «hitos» conseguidos para llegar a ese supuesto éxito dejaron de darme satisfacción hace ya mucho tiempo, o al menos se han convertido en una emoción efímera. Con una duración tan corta como la de un brindis. Y con una caída tan brusca como la producida por el consumo de una droga. No hace falta decir que además, con los años, pilotear el bajón cada vez es más complicado. Entonces, ¿ir cumpliendo más de estas «metas» establecidas me acercará a la cima o cada mañana voy a sentir que vuelvo a empezar en el primer escalón? Más cansada, más vieja y con menos ilusión. 

Creo haber llegado a la certeza de que este bucle hay que romperlo. Debo darme un momento para la meditación y para realmente reflexionar sobre lo que el éxito supone para mí, no para los demás. Porque lo que «creemos» que el resto percibe como virtuoso no es ni impepinable ni importante. 

¿Y entonces, que es el éxito para mí? 

Cuando pienso en una persona exitosa, pienso en bondad, en generosidad, en humildad, en curiosidad, en valentía, en creatividad. Pienso en un ser capaz de perdonar lo imperdonable, de entregar al que le roba, de aceptar sus defectos, de mantener el interés por lo desconocido y las ganas por seguir aprendiendo, de luchar por lo que cree, de ir a contracorriente e imaginar un futuro diferente. No me importa si pasa a la historia, si su cuenta de ahorros es copiosa, si le dan una palmadita en la espalda al pasar o si gana un premio Nobel. Si ha nacido en Los Ángeles o si es un niño de Gaza en pleno 2023. Si la vida le provee de unas facciones simétricas o si se enfrenta a un cáncer a los 23. Ese ser exitoso que vive en mis entrañas es el reflejo de una belleza superior. Es tan bello en sí mismo que no necesita que nadie le admire. Tan valioso en un museo lleno de ojos embelesados como en una isla desierta con tan solo el viento rozando su piel. 

Y si es así, tal y como lo describo ahora, qué equivocada he estado. Mi escalera hacia el éxito no empieza en este escalón y la cima no se encuentra tan lejana, si no que está en un lugar mucho más cercano, en la profundidad de mi ser. Arreglada mi brújula, vuelvo a empezar mi camino. 

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