¿Cuántos años llevamos luchando en nombre del feminismo? Sinceramente, ni sé. Quizá en España la muerte de Franco impulso esta lucha pero no creo que esta valoración les hiciese gracia a las mujeres de la República, que entre otras cosas lograron el sufragio femenino en durante la Segunda República española. El caso es que llevamos décadas, sino siglos luchando por que la mujer pueda vivir en sociedad con los derechos que le permitan vivir en libertad, de la misma manera que lo hace el hombre. Libertad, parece que es la palabra que mejor describe esta lucha, al menos a mis ojos. Parece que muchos vitorean también la palabra igualdad pero a mí siempre me gusto más el concepto de «mujer libre». Esa que decide sobre su vida, sin que nadie, ni otro hombre ni otra mujer, le condicionen su existencia.
Al menos ese era el sueño cuando era pequeña, pensar en poder elegir si estudiar una carrera o no hacerlo, si llevar el pelo corto o largo, si pintarme con carmín rojo o salir a la calle con cacao de labios, si ser madre o no serlo. Y que todo ello, fuese decisión mía, por ser una mujer libre con derecho (siempre y cuando no hiciese daño al prójimo) de llevar mi vida como me plazca. Sin embargo, a veces pienso que esta lucha nos ha llevado a justo lo contrario, a obedecer todavía más a normas silenciosas que si decidimos romper, recibimos miradas de disconformidad e incluso, palabras desaprobatorias. Como si decepcionásemos a ese llamado feminismo por querer depilarnos las piernas o pedir una reducción de jornada laboral. Una vez más contruímos un paisaje social hormigonado y asfixiante para las mujeres, en el que una vez más gana la masculinidad. Parece que cuanto más nos parezcamos a los hombres, más feministas somos. Centrémonos en la ambición profesional, no en la familia, en la ciencia y la tecnología, no en la cultura y el arte, en la practicidad, no en la complejidad de la belleza, en el futbol, no en la danza. Así, admiramos a esa directiva de Google que no se maquilla por las mañanas y que a sus hijas no las lleva a cerámica o ballet sino que juegan a futbol los martes y a baloncesto los jueves. Si eres una girly girl, te quedaste anticuada o al menos sin espacio en esta lucha por el feminismo.
Estoy harta, para que lo voy a negar, de que mujeres (y por supuesto, todavía más si son hombres) de que me digan «eso no es feminista». Como si tuviesen la legitimidad de instruirme en lo que es o no es cuando mi lucha siempre fue por la libertad, por sentirme menos encorsetada y eso conlleva poder ponerme un corsé cuando me de la gana. Poder teñirme el pelo o lucir mis canas, dejar que mi hija sueñe con ser ingeniera o decoradora de interiores. Amar a las mujeres precisamente por su feminidad y darles la libertad de hacer con ella lo que les venga en gana. Yo sigo soñando y sigo apostando por este feminismo, por el que valora positivamente la diversidad y encuentra en ella el potencial real de las mujeres. No quiero sentirme fuera de un movimiento que me pertenece y mucho menos que me expulsen líderes ilegítimos con aires de grandeza. Como Los rohingyas en Myanmar, los no serbios en la antigua Yugoslavia, los kurdos y los yazidíes en los regímenes del ISIS, o los gitanos y los judíos en la Alemania nazi, pienso llevar en mi corazón el feminismo y por mucho que quieran arrebatármelo, no podrán porque como dijo Virginia Woolf «no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente».