Hoy voy a hablar de la maternidad y de donde creo que encuentra o no su hueco en el feminismo actual. Parecería que uno de los aspectos más naturales de una mujer -su capacidad de hacer y dar vida- debería tener un hueco esencial en la lucha a favor del feminismo. Sin embargo, no logro encontrar su posición entre los primeros puestos de esta batalla. Y cuando finalmente lo encuentro, no puedo más que decepcionarme al ver que en muchas ocasiones se proyecta como un momento vital que debería pasar lo más rápido y desapercibidamente posible por la vida de la mujer. Como si fuera un mal necesario o una penitencia, que si logras atravesar sufriendo el menor cambio físico y mental posible, mejor habrá sido la hazaña. Y recibirás esa palmadita en la espalda que solo reciben las mujeres que no engordan demasiado y consiguen volver al trabajo en menos tiempo que el otorgado por la baja maternal.
El machismo es tal, que nosotras mismas somos capaces de creer que la única manera de triunfar en esa vida ser dignas es equipararnos al hombre y parecernos lo máximo a él. Pero nos olvidemos una cosa, si nos pasamos a su liga, siempre perderemos. No porque ellos estén en primera, y nosotras en segunda, sino porque somos diferentes. Queda por entendido que si ellos se pasasen a la nuestra y nosotras jugásemos nuestras verdaderas cartas, tampoco ellos tendrían un solo chance, pero esa lección parece que los hombres la entendieron a la primera. Cuando comprendamos esto y lo llevemos a efecto, nos daremos cuenta de que la diversidad (la Real, no la que nos hacen creer a veces como tapadera para que mujeres y hombres de todos los colores y orígenes posibles nos parezcamos cada vez más a una sola cosa: ese hombre blanco de 35 años) no es algo de lo que renegar, sino que es algo de lo que todos podemos beneficiarnos muchísimo, sea lo que sea que te haga «diverso».
Hemos construido un estandarte de la mujer triunfadora que solo serás capaz de conseguir si renuncias a lo más característico de ti. A la empatía, a la bondad, a la elegancia, a la belleza, a la maternidad, más propia de la mujer. Y esta carga la arrastran muchas mujeres hoy en día, disfrazándose cada mañana de una personalidad masculina, gritando a los cuatro vientos su autoconfianza, independencia, seguridad y liderazgo. Como si fuese la única manera de ser respetada por la sociedad, que no olvidemos que fue creada por y para el hombre, y olvidándose se sus propias inclinaciones y tendencias más esenciales.
Esta manera de infravalorar el embarazo y la maternidad, y en ocasiones incluso renegar de ello, nos limita enormemente a las mujeres. ¿Te imaginas a un hombre avergonzándose de su capacidad física, intentando esconder su fuerza, su velocidad o su agilidad? Abochornado por los otros y por sí mismo. Esto sería inaudito, cómo va a renegar de su naturaleza, es más, de su talento. De aquello que lo hace único y que en combate, lo hará triunfar. Sin embarga, aquí estamos nosotras, avergonzadas y cabizbajas, por uno de los talentos más especiales y bellos que pueda haber en la naturaleza, la maternidad. Me gustaría que le diésemos una vuelta a este asunto, y que más pronto que tarde podamos enorgullecernos de nuestro don, uno sin el que el mundo llegaría a su fin.