Mujeres vanidosas o supermujeres

Cuántas veces se les tacha a las mujeres de superficiales, amantes del consumo y tan acomplejadas que tienen que esconderse detrás de capas de maquillaje, prendas con una estética incomprensible y joyas caras. Cada vez más, se desacredita a aquellas que no son capaces de mostrarse «naturales», tomando como natural el ir con la cara lavada, sin tintes y con una ropa sencilla y budget-friendly. 

Esta connotación negativa de dedicarle tiempo a la belleza es otro claro ejemplo del machismo todavía existente en nuestra sociedad. Aunque añadiría que manifiesta también una clara falta de erudición.  ¿Por qué carece de valor el apreciar la moda y la estética? ¿Por qué necesariamente tiene que ser una pérdida de tiempo? ¿Por qué es vanidoso aquel que muestra interés en el exterior de si mismo y de los demás? A menudo se desestima la belleza por considerarla una frivolidad y sin embargo, ésta es esencial para llevar una vida plena y profunda. Tener inquietud por la belleza y deseo de volcar tiempo y esfuerzo en ella solo pertenece a aquellos seres humanos que han logrado superar las barreras de lo primario. Que son capaces de nutrirse, hidratarse, descansar, respirar, protegerse del frio y del calor a través de la belleza, que la belleza de un individuo al pasar sacie más que un trozo de pan. 

Hoy en día, mucha gente se auto-proclama como vacía, ya sea en un momento dado, una larga temporada o en el peor de los casos toda una vida. Así no nos sorprende que en el siglo XXI algún amigos nos diga: «siento un vacío existencial».  Este desierto interior requiere una siembra de cosas bellas, de atardeceres multicolor, de fachadas floreadas, de la brisa del mar y de un espejo impoluto con el reflejo de uno mismo con carmín en los labios. Solo así, lo más profundo de uno mismo es capaz de llenarse poco a poco con un goteo de cosas bellas. Pero esto requiere de una apertura y una perspicacia singular. Se requiere una agudeza en la percepción de las cosas, mucho más allá de lo que resulta meramente «agradable a la vista». Por eso puede haber belleza tanto en el placer como en el sufrimiento, tanto en la claridad como en la oscuridad, en plena tormenta o en un día soleado. Llenar el alma con belleza no significa colmarlo de alegrías, si no ser capaz de digerir las tristezas más bellas. De las tragedias propias o ajenas salen algunas de las creaciones más célebres del ser humano, que inspiran de igual manera que las mayores alegrías. 

Además, la belleza es bella por si misma, no es o deja de ser por quién la percibe. Como dijo el místico Angelus Silesius, «es como la flor que florece por florecer, poco importa si la miran o no». Tiene un valor por sí misma y no requiere en ningún caso la aprobación del prójimo, ni si quiera de uno mismo.  

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