Como primera entrada, voy a intentar hacer un resumen de por qué me he embarcado en esta aventura de escribir un blog y sobre todo, qué es lo que quiero expresar e quizá incluso transmitir (si en algún momento tengo la fortuna de contar con algún que otro lector).
Vivimos en un momento crítico a nivel global, o al menos así nos lo han hecho saber los medios y los diferentes portavoces de la sociedad. El mundo está sufriendo una serie de cambios que nos afectan, en mayor o menor medida, pero de los que todos estamos siendo público. Los noruegos pierden superficie glaciar, las islas del Pacífico luchan por sobrevivir ante la subida del nivel del mar y los españoles miramos cada vez con mayor recelo la llegada del verano. El cambio climático y la sostenibilidad de nuestro planeta tierra parece ser nuestro mayor reto en este siglo XXI y donde deberíamos focalizar nuestros esfuerzos como sociedad. Con lo que comulgo absolutamente.
Con esto dicho, el bienestar del individuo durante el ratito de vida que le corresponda a cada uno no debería pasar por alto. Cada uno, en la medida de lo posible y según sus posibilidades, debería tenerse a si mismo presente y dedicarse el tiempo y los recursos necesarios para alcanzar su felicidad personal. Siempre teniendo en cuenta, o recordándose de vez en cuando, que la vida es un regalo de la madre naturaleza, una bella casualidad del destino o para quien así lo sienta, un regalo de Dios. Un momento precioso y limitado que hay que valorar y defender.
Todos tenemos la oportunidad de poder vivir esta vida en plenitud y para ello, hay que ir más allá de lo puramente «animalesco» como estar bien alimentados, tener un techo sobre nuestras cabezas o dormir siete horas al día (en mi caso ocho o nueve). Para lograr encontrar la paz interior, el equilibro con nosotros mismos y nuestro entorno, reconocer y saborear aquello que nos conmueve y emociona, estar presentes y activos en los momentos importantes para darles la oportunidad a nuestros sentidos de recoger todas aquellas cosas que nos hacen vibrar y, valga la redundancia, sentir, hace falta ir más allá. Por supuesto que sin cubrir los aspectos más básicos para la supervivencia del ser humano, será mucho más complicado dedicarle tiempo a estos otros aspectos de la vida, pero incluso en estados de escasa salud física o de ausencia de una vivienda digna, la belleza del mundo tiene el poder de sanarnos y nutrirnos de una forma que solo el ser humano es capaz de absorber.
La capacidad que tiene un tango argentino de erizar tu piel, un soneto de Lope de Vega de sentirte amado sin nadie a tu lado, cinco minutos de yoga de devolverte a tu centro en una mañana de ajetreo, un ramo de margaritas en el salón de llenar la estancia de frescura e incluso, rejuvenecerte… Solo nosotros, los seres humanos, nos sentimos arropados y protegidos en un casa vacía que hemos transformado en nuestro hogar. Una gran mayoría de personas te dirán que su objetivo último en la vida es alcanzar la felicidad, y otros tantos lo desearán cada vez que soplen un diente de león. Sin embargo, resulta cuanto menos curioso que a estos asuntos que tanto bienestar y satisfacción pueden llegar a darnos se les (des)califique como superficiales o banales. ¿Cómo puede ser esto si no hay nada más profundo que nuestro alma y justamente la belleza lo nutro y lo sana?
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